miércoles, 29 de abril de 2015

Eduardo Verona: Almirón y su "Jefe"

Opinión | Almirón y su "jefe"

Por Eduardo Verona para Diario Popular

Los palazos que recibe Almirón después de 10 meses de gestión obedecen más a los malos resultados de 2015 que a la pésima producción de fútbol que ofrece Independiente. El año pasado, los 33 puntos conquistados, escondieron la mediocridad. Los oportunistas del ambiente hoy lo matan a Almirón. Su "jefe" espera un gesto.


   Ahora le pegan todos a Jorge Almirón. Todos y sin miramientos. Los panqueques infaltables del ambiente que hasta hace un par de semanas intentaban protegerlo de los severísimos cuestionamientos de los hinchas y de algunos periodistas, hoy, luego del carnavalesco partido de Independiente ante Alianza de Coronel Moldes, piden a los gritos que Almirón tiene que dar un paso al costado para descomprimir la situación.

   No es nuevo este escenario. Los viejos y nuevos oportunistas que hablan con los hechos consumados en la mano, siempre cultivaron la especialidad de observar todo con una regla de cálculo debajo del brazo. 

   Ese poder de observación tan mezquino, tan pobre, tan ciego y tan despojado de inteligencia, siempre interpretó que el fútbol (y seguramente también muchas otras cosas más valiosas que el fútbol) es una caja registradora, que solo admite sumas y restas, números que van y números que vienen. La realidad es que a Almirón siempre le quedó grande la función de entrenador de Independiente. Le quedó grande desde el primer día en que asumió, haya ya  10 meses. Y le siguió quedando grande partido tras partido, más allá de los triunfos, los empates o las derrotas.

   Los únicos que no se enteraron de la debilidad estructural de Almirón para ponerse al frente del fútbol profesional de Independiente fueron los dirigentes, empeñados en bancarlo hasta el fondo del mar. Está bien que los dirigentes sostengan a un técnico ante las adversidades que siempre existen. Pero el tránsito tumultuoso, errático y desconcertante de Almirón por el club  trasciende las adversidades ocasionales. Son adversidades producto de la ausencia de una idea para defender los espacios, elaborar en el medio y atacar con sentido de la profundidad. La idea, tan proclamada y reivindicada, en definitiva, nunca estuvo. Fue puro voluntarismo. Y marketing futbolero.   

   Aquellos benditos 33 puntos que conquistó Independiente en el campeonato anterior y que Almirón y los dirigentes se colgaron en cuanta oportunidad pudieron como una medalla milagrosa después del descenso, nunca taparon lo sustancial: el equipo, en general, jugaba mal. Jugar mal es no tener funcionamiento. Independiente, por aquellos días, tampoco tuvo funcionamiento. Tuvo a Mancuello en un estupendo nivel,  ráfagas a la altura de un Rolfi Montenegro con 35 años (el 28 de marzo cumplió 36), algo de Pisano y algunos goles decisivos de Penco, que Almirón resignó para la temporada 2015, como si al equipo le sobrara gol.

   Si le sobra algo a Independiente es la  notable confusión que gobierna al plantel. La confusión que parte del cuerpo  técnico para armar el equipo con los jugadores que Almirón sugirió o recomendó. Y la confusión de la dirigencia que lidera Hugo Moyano (y acompaña desde la barricada su hijo Pablo Moyano) en sostener lo insostenible.

   ¿Cuánto hubiera durado otro técnico en Independiente que no hubiera sido elegido por los Moyano? ¿Lo mismo que Almirón? ¿O ya lo habrían arrojado afuera del club sin ninguna sutileza hace muchos meses? Omar De Felippe lo habrá intuido y por eso se fue apenas arrancó el ciclo de Moyano. Gabriel Milito prefirió reservarse para otro momento y quizás con otra gestión y para sumar experiencia en Primera acordó con Estudiantes.

   Almirón es hoy algo bastante más frágil que una hoja en la tormenta. Pablo Moyano repite, igual que su padre, que "Almirón es serio y muy trabajador". No se discute su seriedad ni su aplicación al trabajo. Esta no es una cuestión de solemnidades ni de hacer horas extra gratis para congraciarse con el empleador de turno. No se calibra así a un técnico. Se lo analiza a partir de las respuestas buenas, discretas, malas o pésimas que ofrece un equipo a lo largo de un tiempo prudencial. Esas respuestas durante 10 meses nunca levantaron vuelo: fueron discretas o malas en los planos del juego colectivo. Aunque los 33 puntos del último torneo indiquen lo contrario.  

   "Están bombardeando a los directivos para que tomen decisiones", aseveró Almirón el pasado martes en rueda de prensa. Hablaba de presiones en su contra, Almirón. De presiones para desafectarlo. Para borrarlo de Independiente. Es cierto. Los panqueques o los oportunistas que flotan en todas las superficies, ahora ven lo que antes no veían y que además era muy evidente. Ahora olfatean a la víctima. Miden y siguen sus pasos. Sus palabras. Sus actos fallidos. Y esperan.   
   Antes, en cambio, le endosaban virtudes que Almirón no tenía. Le acreditaban registros de capacidades que no denunciaba. Le acariciaban el lomo en virtud de los puntos que él equipo había embolsado.

   Nada que no se haya visto. Almirón siempre encarnó un proyecto fallido. Antes (con 33 puntos) y ahora. Que Moyano y compañía lo banquen un poco más o un poco menos para no transparentar que se equivocaron muy feo cuando decidieron contratarlo, es una cuestión estratégica que no modifica lo esencial.  

   El equipo, en vísperas de frecuentar el abismo o arañar las paredes frente a Banfield y zafar por una semanita, sigue tributando al desorden. Y Almirón a los mandatos de Moyano. Por eso Almirón el martes habló de "jefes". No de dirigentes. De "jefes". Extraña la relación para el microclima del fútbol. Porque si hay jefes hay subordinados.

   ¿El próximo técnico que algún día tendrá Independiente también le dirá "jefe" a Moyano?